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¡Pero qué mentiras y patrañas, señores!

post127

Ahora que vamos despacio,

vamos a contar mentiras:

Por el mar corren las liebres,

por el monte las sardinas.

Salí de mi campamento

con hambre de seis semanas,

al pasar vi un ciruelo

cargadito de manzanas;

empecé a tirarle piedras

y caían avellanas.

Con el ruido de las nueces

salió el amo del peral:

—Niño, no le tires piedras,

que no es mío el melonar.

Hoy hace veinte mil años

que en la ciudad de Nosédonde

me mandaron una carta

a las treinta de la noche.

Veinticinco cordobeses

salieron a la montaña

con fusiles y escopetas

a fusilar una araña.

Salí de mi casa un día

con hambre de tres semanas,

me encontré con un peral

cargadito de manzanas.

Me puse a tirarle piedras

y caían avellanas.

Al ruido de las nueces

vino el dueño del peral:

—¿Qué haces con estas nueces

siendo mío el melonar?

Pasé por la puerta de mi tío Antón,

y me dio un coscorrón.

Yo corría, pero mi tío volaba.

¡Ay, ay, ay, con mi tío,

qué de coscorrones me daba!

Yo he visto volar a un buey,

y a una mula andar a gatas,

y en lo profundo del mar,

a un hombre asando papas.

He visto un monte volar

y una casa andar a gatas

y en el fondo del mar

un burro asando patatas.

Era una noche de invierno

cuando más brillaba el sol

y una manada de cerdos

volaba de flor en flor.

A la luz de un farol apagado

un mudo leía,

un sordo escuchaba,

un ciego miraba,

y a un calvo que allí había

los pelos de punta se le ponían.

Una versión similar…

A la luz de un farol apagado

entusiasmado un mudo leía,

un sordo atento escuchaba,

un ciego fijo miraba,

y a un calvo que allí había

los pelos de punta se le ponían.

A la luz de un farol apagado

un ciego un periódico leía

la noticia que decía:

un niño de veinte años

se ha congelado en un incendio.

Estoy manco de un pie

y cojo de una mano,

tengo un ojo tuerto

y el otro apagado.

Ahora que escampó

y no llueve

vamos a contar mentiras.

He visto volar un sapo

con una carreta encima;

Y un zorro con pantalones

ordeñando una gallina.

La tortuga con el sapo

se fueron a trabajar,

la tortuga de patrona,

y el sapo de capataz.

Con hielo me calenté

y el fuego me heló.

Me sequé con agua tibia

enfriada por el sol.

Escuchen, señores,

esta triste historia

que traigo en el pensamiento,

de lo que pasó

el año cuarenta

en un descarrilamiento.

Y esto que sucedió,

sin saber cómo ni cuándo,

mientras la máquina iba,

pita, pita, caminando.

El tren que corría

por la ancha vía

por fin se vino a estrellar

con un aeroplano

que iba por el llano

volando por alta mar.

Salió el maquinista

con las tripas fuera

mirando al aviador,

que ya sin cabeza

buscaba el sombrero

para taparse del sol.

Llegó la Cruz Roja,

llegó la Cruz Blanca

a buscar a los heridos,

pero se encontró

con que los difuntos

de miedo se habían ido.

A la orilla de un hombre

estaba sentado un río

afilando su caballo

y dándole agua a su cuchillo.

Al salir de la montaña

una mosca me picó,

la agarré de las orejas

y la mosca se escapó.

De las costillas de un piojo

yo vi formar un puente,

y por el pico de un gallo

hacía pasar la gente.

Siéntate, si estás despacio,

te contaré mil mentiras:

Por el mar corren las liebres,

por el cerro las anguilas.

Eres blanca como el cuervo

y lindita como el hambre;

cabellitos como espinas,

y gordita como alambre.

Saliendo de mi cuartel

con hambre de tres semanas,

me encontré con un ciruelo

cargadito de avellanas;

comencé a tirarle piedras

y caían las manzanas.

Al ruido de las nueces

salió el dueño del peral,

y me dijo: “Señor mío,

¿por qué toma usted los higos

cuando es mío el melonar?”

Un ciego estaba mirando

cómo se quemaba una casa,

un mudo llamaba gente

y un cojo llevaba el agua.

Asómate a la vergüenza

cara de sin ventana,

pásame un traguito de sed

que me estoy muriendo de agua.

A la puerta de un sordo

cantaba un mudo

y un ciego le miraba

con disimulo.

Éste era un mudo

que salió a buscar su voz;

subió montes, cruzó ríos

y sólo cogió una tos.

Juanito fue a comprar

una caja de viento,

un litro de nubes

y un kilo de mar.

Al ver esto tan extraño

el sapo se puso a ladrar,

las ovejas relincharon

y las vacas salieron a maullar.

Al inicio de la primavera 2013, mi amiga María Rosa Serdio nos comparte:

En una noche de luna

cuando más lucía el sol

una manada de cerdos

volaba de flor en flor

se posaban en las ramas

despidiendo suave olor.

HACE TREINTA MIL AÑOS

Hace treinta mil años

de la ciudad de No Sé Dónde

me mandaron una carta

a las treinta de la noche.

Lo primero que me dicen

que la ciudad es muy grande

que tiene treinta mil leguas

fuera de los arrabales.

Las calles no son como éstas

son de muy finos metales,

las muchachas que allá habitan

son aceitunas cordiales.

Las pilas llenas de aceite

llenas y sin derramarse,

vuelan los patos asados

en sal, pimienta y vinagre.

Los templos son de azúcar

de caramelo, los frailes.

Monaguillos de chancaca,

de miel, los colaterales.

El sacristán de chancaca

y el cantor de queso grande.

¿Quién dirá que ha visto

lo que he visto yo:

un ratón besando a un gato

a la sombra de un limón?

¿Quién dirá que ha visto

lo que he visto yo:

un huevo poner el perro

y una gallina ladrar?

Cantan las ranas

bailan los sapos

tocan las castañuelas

los renacuajos.

A orillas de una laguna

estaba un sapo en cuclillas,

con la navaja en la mano

haciéndose las patillas.

En la punta de aquel cerro

se ha despeñado una hormiga,

se ha zafado una cadera

se ha quebrado la rodilla.

Bajo un sauce llorón

estaba un sapo desnudo,

poniéndose las espuelas

para jinetear un peludo.

Exagerado en Argentina…

Yo tuve un caballo en Córdoba,

con la cola en Santa Fe,

la cabeza en Buenos Aires,

y las patas en Pigüé.

Tiene mi morena

tan pequeña la boca,

que apenas si le caben

catorce mil roscas.

Otra morena, de boca “pequeña”, aporte de Bahiano el 5 de noviembre de 2016 en los comentarios más abajo:

Tiene mi morena

tan chiquita boca,

que en ella le caben

dos platos de sopa,

cuarenta pepinos,

diez mil calabazas,

y en serio les digo

un montón de pasas.

El sordo le dice al ciego,

—Mira la araña que va…

Y el ciego le responde,

—Oye los pasos que da…

¡Miren a ese Juan Taborda,

qué tal será ladrón!

Me robó los calzoncillos

sin sacarme el pantalón.

En la rama de aquel alto pino

se hamacaban dos elefantes,

y apostaban entre ellos

cuál de los dos volaba antes.

Cuando Dios creó el cactus,

lo creó de mala gana,

por eso esta plantita

es suave como la lana.

Por el ojo de una aguja,

pasó un ñandú corriendo;

si no lo quieren creer,

un ciego lo estaba viendo.

2 Comentarios

  1. Tiene mi morena
    tan chiquita boca,
    que en ella le caben
    dos platos de sopa.

    Cuarenta pepinos,
    diez mil calabazas,
    y en serio les digo
    un montón de pasas.

    • ¡Buenísima! Muchas gracias, Bahiano por compartirla. Agregada junto a la otra versión de Mi Morena más arriba.
      Saludos fraternos,

      Astrid

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